Después de darle bastantes vueltas a la meteorología, finalmente decidimos ir a vivaquear a la cima del San Lorenzo, techo de La Rioja, y aprovechar la ocasión para completar un nuevo reportaje para el proyecto de los Techos Provinciales.
A las cinco de la tarde me reúno con mis compañeros de aventura, Josetxo y Hugo, para quien además será su primer vivac en montaña. Desde allí ponemos rumbo a la estación de esquí de Valdezcaray, punto de inicio de la ruta.
Preparamos las mochilas con todo lo necesario para pasar la noche en la cumbre y, a las siete y cuarto de la tarde, comenzamos a caminar siguiendo la pista de La Cascada hasta llegar a la zona de alquileres. Allí giramos a la derecha para continuar por la pista de El Rehoyo, que seguimos hasta la cafetería El Freskito, donde enlazamos con la pista Colocobia, por la que ascendemos hasta su final.
Superado el tramo de pistas de esquí, el recorrido cambia por completo. Una estrecha y empinada senda gana altura rápidamente por la vertiente oeste de la montaña, atravesando varias pedreras inestables que obligan a caminar con precaución. Poco a poco nos asomamos sobre la vertiente norte, desde donde contemplamos sus profundos corredores. Casi sin darnos cuenta alcanzamos la cima del San Lorenzo (2.271 m), el techo de La Rioja.
En la cumbre encontramos el vértice geodésico, un buzón montañero, el altar con la Virgen del Pilar y la imagen de San Lorenzo, que da nombre a la montaña. Desde este magnífico balcón disfrutamos de una amplia panorámica sobre la Sierra de la Demanda, los Montes Obarenes y buena parte del Sistema Ibérico, mientras las últimas luces del día van tiñendo el paisaje.
Buscamos el mejor lugar para montar el vivac y, junto al altar, encontramos un amplio refugio de piedras con buenos muros que nos protegerán del viento que sopla en la cima. Una vez preparado todo, llega uno de los mejores momentos de la jornada, la cena. El menú no tiene estrellas Michelin, pero sabe a gloria, yatekomo, tortilla, embutido y, para terminar, un buen capuchino caliente. Mientras cenamos contemplamos cómo el sol desaparece lentamente por el horizonte y la luna comienza a adueñarse del cielo.
La noche transcurre tranquila, sin apenas viento y con una temperatura muy agradable. Dormimos a ratos, como suele ocurrir en casi todos los vivacs, pero la experiencia merece la pena.
A las siete de la mañana ya estamos despiertos. Desayunamos mientras esperamos el amanecer. Las previsiones se han cumplido y abundan las nubes, que impiden disfrutar de un amanecer completamente despejado, aunque el ambiente sigue siendo espectacular.
Recogemos todo cuidadosamente, sin dejar rastro de nuestro paso por la cima, y comenzamos la ruta prevista para completar el recorrido. Descendemos por la ladera este en dirección a la llegada de la silla de Campos Blancos y continuamos bajando por la pista hasta alcanzar el collado o Portillo Nestaza.
Abandonamos las pistas para seguir una senda que asciende hasta la cima de Cabeza Parda (2.119 m). Esta cumbre ofrece una magnífica perspectiva del San Lorenzo y de toda la cresta que todavía nos queda por recorrer. En ella encontramos un hito, un buzón montañero y un excelente lugar para detenerse unos minutos a contemplar el paisaje.
Siguiendo la línea de hitos descendemos por la vertiente opuesta hasta el collado de Ormazal, desde donde iniciamos la subida, por un sendero bien marcado, hacia la cima de La Cuña (2.008 m). Nos recibe un bonito buzón montañero, un pequeño homenaje a quienes disfrutan recorriendo estas montañas.
Continuamos por la cómoda senda que recorre el cordal hasta alcanzar la última cima del día, Guilicerra (1.931 m). Su cumbre está señalizada por un gran mojón de piedras y dos buzones montañeros. En esta ocasión apenas podemos disfrutar de las vistas, ya que la niebla termina cubriendo por completo la montaña.
Sin apenas detenernos comenzamos el descenso, inicialmente sin senda definida, hasta enlazar con un sendero que pierde altura mediante amplios zigzags. Aunque en algunos tramos la vegetación invade parcialmente el camino, se progresa sin demasiadas dificultades. Cerca de un collado abandonamos esta bajada para tomar un sendero a la izquierda que recorre la ladera durante varios kilómetros hasta regresar nuevamente a las pistas de la estación.
Ya en ellas descendemos cómodamente hasta las edificaciones de Valdezcaray y enlazamos con la pista de La Cascada, la misma por la que iniciamos la marcha la tarde anterior, completando así el regreso al aparcamiento.
Finalizamos una ruta muy completa y variada que combina la ascensión y el vivac en el techo de La Rioja con el recorrido por varias cumbres secundarias de gran interés. Se trata de un itinerario técnicamente sencillo, pero muy especial por la experiencia de pasar la noche en la cima y contemplar allí el atardecer y el amanecer. Sin duda, una de esas actividades que permanecen en la memoria mucho tiempo después de haber regresado a casa.
Perfil y datos del recorrido
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